En el precipicio de los sueños
nos empujaron hacia el negro vacío
probando el suelo de la triste realidad.
Cortando brazos de quienes quisieron ayudar a levantarnos
de un suelo que no merece nuestra caída.
Obligándonos a morder un césped
abonado de miedos de sus propias cosechas.
Obcecados sí,
pero no nos olvidamos de levantar la vista
de vez en cuando.
De mirar por el rabillo del ojo.
Que no.
Que nos conocemos todas vuestras jugadas
en este juego del desencanto y avaricia,
vestis de gala para tapar la mierda
que os llega hasta el cuello,
pero que ni la más costosa corbata logra cubrir.
Coleccionais todas esas alas cortadas
y aún tenéis el descaro de enmarcarlas,
de ponerlas a la vista de todos
como si esperaseis todavía
que os demos las gracias.
No hace falta que nos encerréis en verjas,
basta con mirar a los ojos de la gente
para ver
la verdadera cárcel.
Hasta promulgais la paz
declarando guerras.
Pero no,
ya no escribo por mi,
sino por todos aquellos brazos rotos,
aquellos ángeles caídos
y sobre todo
por aquellos que tuvieron el valor de escupir al suelo
mientras mirabais.

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