Un hálito de desencanto
hastía nuestra atmósfera
mientras los acatarrados
de la corrupción
niegan su olor.
Y sin embargo,
(con embargos también)
saltamos a la mínima excepto
cuando el sistema nos asalta.
Con la predicción de mejoría
mientras el sofá nos atrapa.
Han sido tantos golpes
en nombre de la mentira
que las porras han acabado
por tener la forma de todas
aquellas costillas rotas.
Noto el frío de las calles,
oigo los contenedores
en busca de ese dedo
rebelde para el mechero
que les haga explotar
y a las aceras deseosas
de escuchar de nuevo cacerolas,
gritos en llamas,
puños cerrados
y corazones en alto
(y créeme sigo hablando de dedos).
Que ardan las calles,
que ardan los corazones congelados
del frío paisaje
que nos han acomodado,
que los ojos desesperados
digan todas las barbaridades vistas
y que a los dedos acusadores
las patrañas no les embistan.
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